Cómo rellenar un bancal elevado de cultivos sin comprar tierra (o comprando la mitad)

Por Leandro · 28 de septiembre de 2026

Mi segundo bancal elevado lleno de ramas secas, antes de taparlas: la mitad del relleno no es tierra
Mi segundo bancal elevado lleno de ramas secas, antes de taparlas: la mitad del relleno no es tierra

Mi primer cajón de cultivo lo armé sin planear nada.

Lo llené de tierra, compré unos plantines y los fui poniendo donde me parecía. Hoy funciona —tengo lechuga, perejil, remolacha y caléndulas creciendo ahí— pero sin ninguna guía: cada vez que cosecho algo y queda un hueco, meto lo que tengo a mano. Funciona, pero va medio improvisado. Ya puedo ver algunos problemas en ciertos cultivos que no desarrollan bien por no tener en cuenta la sombra que generan las plantas.

Al fondo, el primer cajón de cultivo con plantas; adelante, el contorno del segundo bancal elevado marcado con ladrillos sobre la tierra
Al fondo, el primer cajón. Adelante, el contorno del segundo, marcado con ladrillos antes de empezar.

Cuando pensé en armar el segundo cajón para tener más cultivos, lo que tenía en la cabeza era otra cosa: quería mejorar el sistema. Que fuera más ordenado, más productivo, que aprovechara mejor el espacio y que respetara cómo funciona cada planta en lugar de acomodarlas donde entraran.

Este artículo es el paso a paso real de ese segundo bancal elevado —la madera, la lona, el relleno, las medidas— incluido un error que casi cometí en la última capa. (Según el país se le dice bancal elevado, huerto elevado, cantero o cajón de cultivo: es lo mismo.)

La cuenta corta es esta: para llenarlo con tierra comprada necesitaba 16 bolsas grandes, de 50 litros: unos $200.000 (el 27 de septiembre de 2026, cada bolsa de tierra fertilizada estaba a $12.499 en MercadoLibre). No compré ni una. La tierra es de mi propio jardín, y aunque hubiera tenido que comprarla, me alcanzaba con la mitad: la mitad de este bancal no es tierra. Son troncos, ramas y hojas, con un método alemán que se llama hügelkultur.

Una nota sobre las fuentes: las fechas de siembra salen del planificador de ProHuerta, de INTA, y las de helada de la serie histórica de la estación Castelar que publica la Facultad de Agronomía de la UBA con datos de INTA y del Servicio Meteorológico. La parte de hügelkultur —el hundimiento, el nitrógeno, qué maderas sirven— es criterio agronómico general: no hay bibliografía argentina específica sobre canteros rellenos con troncos, y prefiero decirlo antes que dar por probado lo que no lo está.

Por qué el cajón tiene forma de trapecio

Lo primero que nota cualquiera es que no es un rectángulo. Los lados miden 2,20 m arriba, 1,25 m abajo, 1,10 m de un costado y 1,45 m del otro, en diagonal. Son unos 1,8 m² de superficie y 45 cm de profundidad: menos de lo que ocupa una mesa de comedor, para que quede claro que esto entra en un patio.

El segundo bancal elevado de madera terminado y lleno de tierra, visto desde un extremo: uno de sus lados corre en diagonal; al fondo, el primer cajón
El segundo bancal ya terminado. Se ve la diagonal del trapecio y, al fondo, el primer cajón.

No fue un error de carpintería: la forma salió de la orientación, y la orientación la elegí a propósito.

Por dos razones. La primera es la que más me importaba: quería que el lado más largo quedara al sur. En el hemisferio sur el sol viene del norte, así que las sombras caen hacia el sur. Si las plantas altas van en el borde sur del cantero, su sombra cae afuera del cajón en vez de taparle la luz a las de adelante. Un lado sur largo es, en la práctica, lugar para más plantas altas.

La segunda es más simple: queda justo enfrente del primer cajón, sobre el camino que corta el jardín al medio. Así toda la zona de cultivo queda en el centro, en el lugar de acceso más fácil de todo el jardín. Un cantero al que cuesta llegar es un cantero que se visita menos.

Esa posición, en ese lugar, es la que genera la diagonal. A la planta no le importa la forma del cajón. Al que tiene que decidir qué planta va dónde, sí, y bastante.

Vale la pena retener ese detalle, porque vuelve al final.

La madera: elegí saligna, y esto es lo que hay que saber antes de protegerla

El primer cajón lo hice con madera dura reciclada que tenía dando vueltas en casa. Para este compré madera nueva: saligna, un eucalipto de plantación, que es de lo más económico que se consigue en mi zona e ideal para estar al exterior.

El cajón de madera oscura armado en su lugar, apoyado sobre una hilera de ladrillos, con lona plástica gris en las paredes interiores y el fondo de tierra
El cajón armado en su lugar, apoyado sobre los ladrillos, con la lona ya puesta en las paredes.

Es honesto decir sus dos defectos. El primero: en contacto con suelo húmedo no dura mucho —del orden de dos a cuatro años sin protección—. El segundo, que se nota apenas se la trabaja: tuerce, raja y se mueve bastante al secar. Con un lado de 2,20 m y la tierra empujando desde adentro, conviene un refuerzo en el medio: yo puse un travesaño que une los dos lados largos justo a la mitad, para que el relleno no los abra hacia afuera. Y conviene usar tornillos galvanizados o inoxidables: la madera de eucalipto es ácida, por los taninos que tiene, y el acero común se oxida y le deja manchas negras alrededor.

Qué le hace el sol a la madera, y qué es eso del filtro UV

Antes de elegir con qué protegerla conviene entender de qué la estamos protegiendo, porque no es solo del agua.

La madera tiene una especie de pegamento natural que mantiene unidas las fibras. El sol se lo va comiendo. Por eso una tabla vieja a la intemperie se pone gris y como peluda: se le fue el pegamento de los primeros milímetros y quedaron las fibras sueltas. Y donde hay fibras sueltas entra más agua, y donde entra agua aparece el hongo. Así que el sol no es un problema aparte del agua: es el que le abre la puerta.

Un producto que dice tener filtro UV trae algo que absorbe o refleja esos rayos antes de que lleguen a la madera. Es, literalmente, protector solar para la tabla. Y de ahí sale un detalle que sorprende: el color es parte del filtro. Por eso los productos transparentes duran mucho menos que los que tienen tono — el pigmento es el que hace la mayor parte del trabajo.

Las opciones reales, y qué esperar de cada una

OpciónA favorEn contra
Madera sin tratarCero dudas con la comidaDura poco. En algún momento se cambia una tabla
Aceite de lino soloBarato, se consigue en cualquier lado, sin dudasHay que reponerlo cada temporada. En ambiente húmedo el moho de superficie se alimenta de él
Lino con cera de abejasRepele mejor el agua, sigue siendo “sin dudas”La cera se ablanda al sol y se lava con la lluvia
Pintura asfálticaImpermeable y barataEs un impermeabilizante de techos usado fuera de su destino. Derivado del petróleo
Impregnante o lasur (el cetol es la marca más conocida)Hecho específicamente para madera a la intemperie. Forma una película que deja respirar la madera, así que no se ampolla ni se descascara como un barnizHay que reponerlo: los que tienen color, cada dos años; los incoloros, cada seis meses
Protectores para deckLos más duraderos de la listaMismo criterio que el impregnante: por fuera

Y hay tres que no van cerca de una huerta, en ninguna circunstancia: la madera “impregnada” verdosa que se vendía antes de 2004 (lleva arsénico), los durmientes de tren y postes telefónicos tratados con creosota (negros, olor fuerte a alquitrán), y los pallets que tienen el sello MB en el timbre, que fueron fumigados con un gas tóxico. Los pallets que dicen HT están tratados solo con calor y esos sí sirven.

El criterio, en tres líneas

Y la regla que ordena las tres, que es en el fondo la única que hay que recordar:

Lo que protege la madera no toca la tierra que come la planta.

Lo que elegí yo, y por qué

La traté con una mezcla de 75% aceite de lino y 25% pintura asfáltica, y pinté las tablas enteras, por dentro y por fuera. Quiero que esta madera dure lo más posible, y dejar una cara sin proteger es dejarle una puerta abierta a la humedad. Lo que resuelve el contacto con la comida no es dejar de pintar: es la lona. Por eso forré las paredes internas de los dos cajones, el primero también — así la tierra nunca toca la madera, ni pintada ni sin pintar.

Este método no lo inventé yo: lo aprendí mirando a mi abuelo. Él usaba la misma base, aceite de lino, pero lo mezclaba con aceite de motor quemado, el que sacaba del auto. Era gratis, siempre estaba a mano, y la madera le duraba. Su razonamiento era el correcto: sellar la madera para que la humedad no se la coma. Lo único que cambié fue con qué corto el aceite de lino.

Lo aclaro para que nadie lo copie tal cual, y quiero ser preciso con el porqué, porque no es el motivo que uno imagina. Mezclado con lino, ese aceite no queda chorreando: el lino cura, endurece, y se lleva parte del aceite adentro de la película. Endurece menos y más despacio que el lino solo, porque el aceite de motor está hecho justamente para no oxidarse — pero no es cierto que quede líquido. Aclaro que esto último es razonamiento sobre cómo funciona cada aceite: no encontré ningún estudio que lo haya medido.

Lo que sí está medido es qué trae. Al pasar por el motor se carga de metales del desgaste —plomo, cromo, níquel— y de compuestos que se forman con el calor y están señalados como cancerígenos. Los metales no se secan ni se evaporan ni se degradan: entran con el aceite y se quedan, cure la película o no cure.

Y hay algo más simple, que para mí pesa más que todo lo anterior: el aceite quemado no es un producto, es un residuo. No hay dos bidones iguales — depende del motor, de los kilómetros, del combustible y de qué más le cayó adentro. La pintura asfáltica también es derivada del petróleo, no me voy a hacer el que eligió lo natural; pero es una fórmula fija y sé qué compré. Elegí saber qué estoy poniendo. Mi abuelo hizo lo mejor que se podía con lo que había, y su criterio era el correcto; lo que cambió no es el criterio, es lo que hoy sabemos del material. Además, acá el aceite usado es legalmente un residuo peligroso: va al taller, que lo entrega a quien sabe tratarlo. La idea de mi abuelo la sigo usando. El material, no.

Tres cosas más antes de que alguien copie mi mezcla, que prefiero decir yo y no que las descubra solo:

Y una advertencia que no es sobre el cajón sino sobre quien lo arma: los trapos con aceite de lino se prenden fuego solos. No es un mito: se oxidan, generan calor y arden. Se extienden abiertos al aire libre hasta que sequen, nunca hechos un bollo en un tacho — y durante todos los días que tarde en curar, no solo el primero.

La lona: paredes sí, fondo no

Esto ya lo tenía decidido desde el primer cajón, y por dos razones. La primera es la de recién: la pintura asfáltica es un derivado del petróleo y no quiero que toque la tierra donde crece lo que como. La segunda es más práctica: la madera en contacto permanente con tierra húmeda se pudre mucho más rápido. Una lona de polietileno de 200 a 300 micrones de espesor —la lona plástica gruesa que se usa en construcción— resuelve las dos cosas de una.

Que era necesaria me lo confirmó el primer cajón: apareció hongo en la madera justo donde tocaba el suelo húmedo.

Acá hay una precisión que importa más de lo que parece: la lona va en las paredes, y el fondo queda abierto a la tierra. Así quedó el mío: la lona grapada al borde de arriba, bajando por las cuatro paredes, y abajo nada — tierra contra tierra.

Vista desde arriba del cajón vacío: lona gris en las cuatro paredes, un travesaño que cruza por la mitad y el fondo de tierra a la vista
La lona en las cuatro paredes y el fondo abierto, tierra contra tierra. Por la mitad cruza el travesaño que sostiene los lados largos.

Si se sella el fondo, pasan tres cosas y ninguna es buena. Se forma una pileta: el agua no tiene por dónde irse, los últimos centímetros quedan sin oxígeno y las raíces se pudren. Se le corta la biología —las lombrices y los hongos del suelo tienen que poder subir—. Y se pierden cultivos: la papa y el zapallo necesitan más profundidad de la que da el cajón, y solo entran si abajo hay tierra de verdad.

Una honestidad más sobre el hongo: la lona corta una de las causas, no las dos. El aceite de lino también se pudre: en ambiente húmedo, el moho de superficie se alimenta de él. Antes de armar nada marqué el contorno del cajón con ladrillos en el piso y apoyé los bordes ahí, para que la madera no quede sobre tierra directa. Eso ayuda tanto como la lona.

Contorno del bancal marcado en el piso con una hilera de ladrillos, visto desde arriba, sobre tierra limpia
El contorno marcado con ladrillos antes de armar nada. Los bordes de madera se apoyan ahí, no sobre la tierra.

Cómo rellené el bancal elevado: troncos abajo, y por qué

No compré ni una bolsa de tierra. Lo llené por capas, de abajo hacia arriba:

  1. Troncos gruesos y finos, secos. Pedazos que tenía tirados en el jardín.
  2. Hojas secas que junté en otoño, más las ramas finas verdes de la poda del ciruelo que había hecho el mes anterior.
  3. Tierra de mi propio jardín. La que fue sobrando de nivelar el terreno. Tengo la suerte de que es tierra muy fértil, resultado de décadas de mantenerla abonada.
  4. Una capa final de 8 centímetros de tierra con compost propio.

El cajón tiene unos 810 litros (1,8 m² por 45 cm de hondo), y más o menos la mitad quedó ocupada por las dos primeras capas: troncos, ramas y hojas. Esa es la mitad que no es tierra.

Un detalle de orden que casi se me pasa: la parte del riego que va enterrada la dejé montada antes de llenar. La instalación de superficie la termino después, pero lo que queda bajo tierra hay que resolverlo antes, porque después no se puede sin desarmar medio cajón.

¿Qué es el hügelkultur?

Es un método alemán: hügelkultur quiere decir algo así como “cultivo en montículo”. Me lo recomendaron varias veces, y en un bancal tan grande era un ahorro enorme. La idea es simple: todo lo que va abajo se va descomponiendo de a poco, libera materia orgánica y alimenta la tierra y los cultivos. La madera, además, una vez saturada retiene agua como una esponja. Es la forma más barata de llenar un cajón grande, porque el volumen que no ocupa la tierra lo ocupa algo que ya estaba en el jardín.

Ilustración de un bancal elevado con relleno hügelkultur visto en corte: troncos en el fondo, ramas encima, una capa de hojas secas y tierra arriba, con zanahorias y remolachas creciendo
Ilustración generada con IA, no es una foto de mi bancal: así queda por dentro un bancal hügelkultur, con los troncos abajo, las ramas y las hojas encima y la tierra arriba.

Dos cosas que me sorprendieron al averiguar bien.

Por qué troncos secos, no frescos

Que los troncos estuvieran secos es una ventaja, no un problema. La intuición dice lo contrario. Pero la madera fresca está llena de azúcar, y ese azúcar es el que dispara una explosión de microbios que se comen el nitrógeno de golpe. Un tronco que estuvo tirado un año ya perdió esa parte: se descompone más lento y más parejo. Un tronco viejo del jardín tiene medio trabajo hecho.

Primer plano de troncos y ramas secas, gruesos y finos, apilados dentro del cajón
De cerca, antes de taparlos: troncos y ramas secas, gruesos y finos, que tenía tirados en el jardín.

Las ramas del ciruelo, el segundo mejor material

Las ramas finas del ciruelo son el segundo mejor material del cajón. La rama joven concentra mucho más nutriente y mucha menos madera dura que un tronco, y es de lo más valorado para construir suelo. No fue idea mía: fue lo que sobró de la poda y no quise tirarlo.

Así que si estás podando, no tires las ramas. Con una sola condición: que la poda venga de un árbol sano. Los hongos que arruinan un ciruelo —la podredumbre morena, el chancro (una herida en la rama que no cicatriza)— viven en el aire: enterrados a 30 cm no hacen nada, se los comen los microbios del suelo. Pero hay uno que sí vive en la tierra, un hongo llamado Verticillium, y ataca tanto al ciruelo como al tomate, al pimiento y a la berenjena. Si el árbol venía con ramas que se marchitaban de un lado mientras el resto seguía verde, esa poda no va al bancal: va al contenedor.

El orden importa: grueso abajo, fino arriba

El orden de las capas no es casualidad, y vale la pena entender qué hace cada una. Los troncos gruesos del fondo son la reserva de la década: casi no se mueven, retienen agua y trabajan lento. Las ramas finas de arriba son el motor de los primeros años: se descomponen rápido y son las que le dan de comer a la huerta en ese período. Un relleno de puras ramas da cuatro años buenos y después es un cajón de tierra común; uno de puros troncos tarda años en arrancar. Por eso se arma mezclado, con el grueso abajo.

Eso también explica que el cajón se hunda en dos tiempos: los primeros tres o cuatro años bajan las ramas y las hojas, y después queda una cola larga de años, casi imperceptible, mientras los troncos se van yendo de a poco.

Las hojas secas: qué mirar

Capa de hojas secas marrones sobre las ramas, dentro del cajón forrado con lona, vista desde arriba
La capa de hojas secas sobre las ramas, con la primera tierra empezando a entrar entre ellas.

Sobre las hojas secas, una aclaración honesta: las junté en otoño de un árbol grande de un parque cerca de casa, y no sé qué especie es —hoja lobulada, se pone todo amarillo antes de caer—. La buena noticia es que casi no importa. De todos los árboles comunes de un jardín argentino, el único cuyas hojas le hacen daño de verdad a una huerta es el nogal, y ese se descarta con solo mirar una hoja: la del nogal no es una sola hoja, son varias hojitas chiquitas que cuelgan juntas de un mismo tallito, nada que ver con una hoja de una sola pieza. Con eso alcanza.

Una hoja de nogal entera sobre fondo claro: un tallo central del que salen varias hojitas alargadas, de a pares, con una en la punta
Así es una hoja de nogal: varias hojitas sobre un mismo tallo. Foto: Wilhelm Zimmerling PAR, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons (reducida).

Lo que sí conviene evitar, sea cual sea el árbol, es dejarlas en una capa gruesa y compacta: las hojas grandes y duras, mojadas, se apelmazan como tejas y el agua las esquiva en vez de atravesarlas. Otra razón más para el riego a fondo antes de la capa final.

Qué madera no usar en un bancal elevado

MaderaPor qué evitarla
Eucalipto frescoLarga sustancias que no dejan germinar las semillas de al lado
Coníferas (pino, ciprés)Tienen mucha resina, por eso tardan tanto en descomponerse que casi no hacen el trabajo
ParaísoResiste la pudrición: ocupa lugar sin descomponerse
Laurel de jardín (adelfa)Tóxico entero
NogalFabrica una sustancia tóxica (juglona) que ataca especialmente a los tomates. Se reconoce porque el corazón de la madera es marrón chocolate contra la parte clara de afuera

El paraíso merece una aclaración: en un jardín del conurbano es el tronco que más probablemente haya tirado por ahí, así que vale mirarlo dos veces. Los míos no sé de qué son, y así de honesto lo digo: sé que no son ni conífera ni eucalipto, están secos y van 30 cm abajo de todo. Cuando no se sabe qué madera es, esa es la regla práctica: seca, sin corteza verde, y al fondo.

El error que casi cometí con la última capa de tierra

Yo tenía pensado terminar con 3 centímetros de tierra con compost arriba. Me parecía suficiente, hasta que se me cruzó una duda simple: ¿le alcanza eso a lo que voy a sembrar ahí? Y lo primero que voy a sembrar es zanahoria y remolacha. Fui a confirmarlo. No alcanza, y me alegro de haberlo revisado antes.

El cajón lleno de tierra oscura y pareja hasta cerca del borde, con la lona gris asomando en las paredes, visto desde arriba
Así estaba antes de la última capa: la tierra de mi jardín, pareja, sobre las hojas y las ramas.

Tres razones, y la primera es la que decidió todo:

Así que le puse 8 centímetros. Y una aclaración importante para que las cuentas cierren: esos 8 cm van encima de la tierra que ya estaba en el cajón, no directamente sobre los troncos. La zanahoria tiene sus 20 cm largos de tierra debajo; lo que definí es la calidad de los primeros centímetros, que son los que reciben la semilla. Fueron unos 145 litros (1,8 m² por 8 cm) de tierra con compost propio, y tenía de sobra. No me costó un peso más darme cuenta a tiempo.

Una mano abierta sosteniendo un puñado de tierra oscura, suelta y granulada, sobre el bancal
La tierra de la última capa, con compost propio: suelta, para que la zanahoria y la remolacha nazcan bien.

Y antes de ponerla, regué a fondo y dejé asentar el relleno unos días. El agua adelanta el acomodamiento que, si no, pasa después, con las plantas ya adentro.

Tres cosas que averigüé y todavía no viví

El primer año te pide agua; recién el segundo te la devuelve. La fama del hügelkultur es que retiene humedad, y es cierta —pero la madera primero tiene que saturarse, y hasta que eso pasa le compite el agua al cultivo. El primer verano hay que regar más de lo que parece necesario.

Se hunde disparejo. Baja más donde quedaron los pedazos más gruesos. Pueden aparecer lomas y hoyos, y el agua se junta en los hoyos. Rellenar en otoño y otra vez en primavera es tarea fija del cajón, no un imprevisto. Por eso conviene que sobre material y no gastar todo el compost en la capa final.

Hay que darle una mano de nitrógeno el primer año. La madera enterrada, mientras se descompone, consume nitrógeno del suelo. Con troncos secos y 30 cm de tierra de por medio no es un drama, pero conviene compost o humus de lombriz al plantar y uno o dos refuerzos en la temporada. Y el segundo año también: con relleno de ramas el pico cae ahí, no se estira diez años. El que hay que mirar es el tomate: es el único de raíz profunda que llega hasta ahí. La señal de alerta es un amarilleo parejo que empieza por las hojas de abajo.

Qué voy a sembrar, y cuándo

Acá es donde el cajón deja de ser carpintería y pasa a ser huerta. Lo planifiqué a mediados de agosto, en la zona sur del Gran Buenos Aires, y la fecha que manda no es el calendario: es la última helada.

Para mi zona, la serie histórica de la estación Castelar la ubica alrededor del 5 de septiembre en promedio, pero una de cada cinco primaveras tiene heladas hasta el 17 de septiembre o incluso más tarde —el récord de la serie es el 13 de octubre—. Por eso el tomate no sale al cajón hasta octubre: no es cábala, es el margen, y ya perdí uno por una helada. Con eso, la división queda así:

Van directo al cajón: acelga, rúcula, remolacha, cebolla de verdeo y zanahoria. Las primeras van a ser la zanahoria y la remolacha, las que decidieron el grosor de la última capa.

Van a almácigo (o semillero), protegidas, y recién pasan al bancal a partir de octubre: tomate, pimiento y berenjena. Son de estación cálida y no sobreviven a una helada tardía. Lechuga y puerro también los hago en almácigo, pero esos aguantan frío y salen al cajón sin esperar nada.

Si hay una sola frase para llevarse de este artículo, es esa: en agosto el tomate se siembra, pero no se planta afuera.

Una recomendación más, que es la más barata de todo el artículo. Yo no la necesité, porque usé tierra de mi propio jardín. Pero si vas a comprar tierra negra a granel, antes de llenar nada conviene sembrar tres porotos (frijoles) en una maceta con esa tierra y esperar dos semanas. La tierra suelta puede traer restos de herbicida que deforman tomates y porotos, y no viene con etiqueta que lo diga. Dos semanas de paciencia contra una temporada perdida.

Vuelvo al trapecio

Aquel detalle que pedí retener al principio, ahora cierra. Un cajón con esa forma es exactamente donde planificar a ojo se vuelve incómodo: no hay cuadrícula obvia, los lados no son parejos, y en cada esquina sobra o falta lugar.

El bancal elevado de madera terminado, lleno de tierra y listo para sembrar, sobre un piso de baldosas, con el primer cajón y el jardín de fondo
El bancal terminado, listo para la primera siembra. Detrás, el primer cajón.

Querer que este cajón funcionara mejor que el primero fue lo que me llevó a armarme una herramienta para planificarlo. Le cargo la forma del cantero y me dice qué entra y qué no. La estoy usando para este segundo bancal, y el mejor efecto secundario es otro: también puedo volver a planificar el primero, ese que hoy recibe cultivos donde queda espacio libre.

Y hay algo más de fondo, que prefiero decir simple: me parece que saber producir tu propia comida debería estar al alcance de cualquiera. Si una herramienta gratuita ayuda a que alguien se anime a empezar, para mí ya vale la pena.

Ya la empecé a compartir de a poco. Está pensada para el clima templado de Buenos Aires, que es el que conozco y el que puedo verificar, y la voy a presentar como corresponde acá y en las redes.

Lista de materiales

Lo que llevó este bancal (cama elevada, cajón de cultivo), como referencia para calcular el propio:

Preguntas frecuentes sobre el bancal elevado

¿Cómo se rellena un bancal elevado sin comprar tierra?

Por capas, de abajo hacia arriba: troncos secos, gruesos y finos; hojas secas y ramas finas de poda; tierra del propio jardín, y una capa final de tierra con compost. En mi bancal, de unos 810 litros, la mitad la ocupan troncos, ramas y hojas: esa mitad no es tierra.

¿Cuánta tierra lleva un bancal elevado?

Se calcula multiplicando la superficie por la altura. El mío mide 1,8 m² por 45 cm: unos 810 litros. Con tierra comprada eran 16 bolsas de 50 litros, unos $200.000 en septiembre de 2026. Con el relleno de troncos, ramas y hojas alcanza con la mitad.

¿Cuánto baja un bancal hügelkultur?

Suele hundirse del orden de 10 a 15 cm el primer año, según lo que reporta quien lo hace, y varía mucho con el material. Baja todo, así que hay que rellenar en otoño y en primavera. Es mi primera vez: voy a poner una varilla de guía para medir cuánto baja el mío.

¿Qué troncos sirven para rellenar un bancal?

Mejor secos que frescos: un tronco que estuvo tirado un año se descompone más lento y más parejo. Los que no van son eucalipto fresco, coníferas como pino o ciprés, paraíso, laurel de jardín (adelfa) y nogal. Si no se sabe qué madera es: seca, sin corteza verde, y al fondo.


El cajón ya está terminado: regado, asentado y con su última capa. Ahora entra la primera semilla, la zanahoria y la remolacha.

Es la primera vez que pruebo este método, y dicen que el primer año baja bastante. Así que le voy a poner una guía, una varilla, para ver cuánto baja de verdad. Voy a ir contando cómo sigue —y si sale mal alguna parte, también. Y si ya lo probaste, me gustaría saber cómo te fue: estoy en Instagram como @diariodeljardin.

A quien esté por armar el suyo, mi único consejo de fondo es el que me hubiera servido a mí hace un año: pensar antes lo que va adentro. La carpintería es la parte fácil.